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Todos somos MENAS.


Francisco J. Gordo.

Alternativa Republicana.


Corren tiempos de odio, crispación, temor y lo que puede llegar a ser una escalada de violencia si no se detiene a tiempo. La utopía de unos es la distopía del resto, y al contrario. Parece que la sensación de llegar a materializar una idea es ilusionante sólo cuando se plantea la aniquilación del adversario político.


El juego “comunismo vs fascismo” que últimamente nos está embriagando, genera muchos votos, y lo usan unos contra los otros. Nosotros, que tenemos memoria, reaccionamos consecuentemente como si fuese todo un gran partido de fútbol donde tiene que ganar nuestro equipo. Todos ellos forman parte del espectáculo transicional que nos marca el régimen del 78. No nos llevan a ningún lado, pero nos entretienen. Hasta que en la escalada verbal llega a límites que efectivamente nos recuerdan a la destrucción de la democracia hace casi cien años. Es por ello que nos invade la nostalgia, a aquellos que tenemos memoria. Es importante recordar de dónde venimos ayer, para ver con perspectiva al que está viniendo hoy. Señalan con el dedo como si fuesen culpables a unos niños que vienen de fuera, como si fuesen el problema de nuestra sociedad. Pues bien:


Recuerdo casi sin haberlo visto, a un niño de no más de ocho años, que huía de las balas patrocinadas por regímenes totalitarios internacionales como Italia o la Alemania nazi. Huía en familia, una familia joven y dispuesta que dejaba atrás todas sus pertenencias. Se llevaron sólo lo imprescindible: su dignidad. De la noche a la mañana, todo dejó de valer apenas en comparación con lo que estaba en juego.


Atravesaron montañas y ríos en un camino diario, junto con más familias que huían del desastre y el hambre. En su trasiego por la meseta, eran presa de miradas de una población que desechaba al vecino, desdeñaba al que venía de fuera de su región. Eran tratados como parias en esa pequeña sociedad donde la toxicidad vecinal corría por las calles en la constante búsqueda por encontrar un culpable de su propia incapacidad de socializar de manera sana, tolerante y democrática.


La única solución era la solidaridad entre las personas. Este niño llegó a un levante que les esperaba con los brazos abiertos. En una Murcia sin costa, a la altura de la localidad de Mula, se parapetaron entre los que iban llegando.


Había gente de diversas nacionalidades, todas ellas eran siempre bienvenidas, ya que todos eran conscientes de que era el momento de contribuir por un mañana mejor. Tras unos meses de resistencia, el niño consiguió encontrar una familia de acogida donde poder comer diariamente. Una familia de equidistantes que preferían mantenerse al margen sin elegir entre democracia o golpe de estado. Es decir, también había quien no se metía en política para que sus ideas no interfieran en los negocios. El capital estaba (y está) por encima de los valores.


Muchos de los niños en ese momento tenían padres, pero de facto, eran los MENAS de la época (salvando las distancias territoriales). En concreto a este niño le daban de comer a cambio de servir en la casa de esa familia. A medida que el conflicto avanzaba, las familias equidistantes se arrimaban cara al sol que más calentaba.


Es por ello que se fue inoculando la idea de que estos niños estaban a merced del que los hubiese acogido. Bajo la nueva tutela de alguien superior moralmente. Quién sabía si los padres biológicos habían sido asesinados en el conflicto, por lo que daba a estos nuevos padres adoptivos la posibilidad de reescribir su pequeña historia de manera paternalista y salvadora. Tal y como sucedería con la propia historia de España. Ya lo diría en esos mismos días George Orwell: “En España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente.”





Esa familia adoptiva tuvo el buenismo de adoptar lo que hoy sería un MENA. La concepción de considerarse superior por alimentar a otra persona que lo necesita a cambio de la práctica esclavitud de un niño; es lo que vivimos a día de hoy todos los días cuando damos una parte de las migajas que nos sobran para aquellos que lo necesitan. Y ello nos sirve para mirarlos por encima del hombro y sentirnos satisfechos con nuestra obra de caridad.


Ese niño resistió al hambre con gran dignidad. Como dice Babe Ruth: “No puedes derrotar a la persona que nunca se rinde.” Acabada la contienda, su padre biológico volvió a recogerle, sin aceptar ningún tipo de trato por el crío por beneficioso que fuese para éste último. Ya que la familia biológica sabía que las personas tienen valores, no un valor asumible ni un valor productivo. Creció y formó su propia familia, basada en los valores y no en el valor de aquello que de la noche a la mañana apenas valga. Pero el trauma le persiguió el resto de su vida. Repitiendo hasta sus últimos días, postrado en la cama del hospital, el camino que recorría diariamente a pie para servir a esa familia por un plato de comida y un terrón de azúcar que le daban para el camino. Una familia adoptiva a la que debía tratar de “amo”.


José Díaz afirmaría incluso en relación al patriotismo: ”Los que os explotan no, ni son españoles ni son defensores de los intereses del país, ni tienen derecho a vivir en la España de la cultura y del trabajo.”


Una familia adoptiva que absorbió el odio de la sociedad hacia estos niños, les desnaturalizaba como niños y eran el objeto de su odio porque les consumían sus recursos; que debían pagar con creces a base de una servidumbre socialmente justificada. Y en el mejor de los casos, les servía para mostrar a sus iguales, lo “buenas personas” que eran con su corazón cristiano y redentor.


Como dijo en aquellos días el nazi Joseph Goebbels: “Hay que hacer creer al pueblo que el hambre, la sed, la escasez y las enfermedades son culpa de nuestros opositores y hacer que nuestros simpatizantes se lo repitan en todo momento...”


Ese niño de apellidos que describían la magnitud de su dignidad, se llamaba Simón J. Gordo Grande, y era mi abuelo materno.


Pero el día que todo lo que nos es valioso pierda todo su valor de la noche a la mañana, nos daremos cuenta de que la solidaridad de los pueblos era lo único que debimos blindar para fomentar todos esos valores que debemos defender hoy en día.

Todos podemos juzgar desde nuestra posición privilegiada a los MENAS (menores extranjeros no acompañados) que huyen de sus lugares de procedencia para buscar un lugar donde progresar. Aunque no necesariamente exista un conflicto de por medio como el descrito sino una mera aspiración de mejora. Pero el día que todo lo que nos es valioso pierda todo su valor de la noche a la mañana, nos daremos cuenta de que la solidaridad de los pueblos era lo único que debimos blindar para fomentar todos esos valores que debemos defender hoy en día.


Esos valores personales que nos hacen ser un pueblo más unido, con los brazos abiertos y fomentando una sociedad cada día más plural y rica en todo aquello que no se compra ni se vende.

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