Los últimos coletazos del 15M


Francisco J. Gordo.

Alternativa Republicana.

Publicado originalmente en Águilas Noticias.


El pasado sábado se cumplió el décimo aniversario de la mayor movilización ciudadana en defensa del sector público y en protesta contra un sistema caduco y moribundo: el 15M.


La indignación brotaba entre las calles y desembocaba en las plazas. Pronto se dieron cuenta de que había que hacer la protesta de manera indefinida, por lo que surgieron las acampadas y las tiendas de campaña en plena Puerta del Sol en Madrid, y en el resto de plazas. Los colectivos estudiantiles recibían sus clases directamente en la calle. Sus profesores, en huelga, daban las clases de manera reivindicativa en la propia plaza. Había una organización fascinante en todo aquello. Una autogestión con respeto, apoyo mutuo y fraternidad, que ponía en práctica las teorías del propio Bakunin.


El cambio que se exigía era total, de arriba a abajo. Diferentes sectores poblacionales se habían juntado lejos de las ideologías, para protestar por todo lo habido en una España resentida por la crisis. La gestión estaba siendo deplorable, los servicios públicos se estaban recortando, las artes estaban desapareciendo de las aulas para convertirnos en pequeños robots matemáticos y deshumanizados. Los jubilados y los funcionarios vieron cómo eran el blanco para un gobierno que se alejaba de sus intereses. La sanidad se estaba desmantelando con la connivencia de toda la clase política. La cual, actuaba como cortina de humo entre unos y otros para dar rienda suelta a una monarquía corrupta, valga la redundancia; que se dedicaba a mercadear con armas como las que hoy aniquilan Palestina, dejando la Jefatura del Estado y toda su representación que engloba a todos los que habitamos la nación, a la altura de todos los líos de faldas y desfalcos millonarios. Se buscaba la verdadera igualdad entre personas. Democracia real, que paradójicamente supone que no haya monarcas de cuentos fantasiosos.


Todo ello se debía cambiar, y nadie se iba a ir de aquellas plazas hasta conseguirlo. Ni un paso atrás, cap pas enrere. Democracia real ya. “No somos ni de izquierdas ni de derechas, somos los de abajo y vamos a por los de arriba”: Son frases que hoy en día se ven con cierta perspectiva. El transcurso de los años ha hecho que el río que manaba de aquellas plazas de toda la península, ahora desemboque en la Sala Bicameral.


Los propios gobernantes aludían a los que no tenían otra opción de seguir en sus trabajos sin poder acudir a la concentración, refiriéndose a ellos como “la mayoría silenciosa”. Lo cual, es una buenísima forma de desmotivar a la ciudadanía que pretende cambiarlo todo pero son frenados con demagogia.


La clase política de la que tanto se quejaban los indignados, invitó a estos últimos a presentarse a través de un partido para tratar sus cuestiones dentro del propio juego político. Era una dura propuesta, ya que supondría la victoria directa de los políticos y la derrota automática de todas y cada una de las exigencias o premisas que se llevaban. Es semejante a cuando la patronal pretende negociar con los sindicatos para que dejen la huelga, eso sólo se puede dar cuando la patronal comprende que tiene mucho que perder y se garantiza que cesan las pérdidas a cambio de darle un aumento al cabecilla de la huelga.


Pues es exactamente lo que sucedió. En el momento clímax de la concentración, cuando los manifestantes hacían de la concentración su cotidianidad y las plazas se llenaban de banderas que hacían temblar al Estado mismo, fue ahí cuando todo se torció.





Un grupo de profesores que se concentraban como el resto; como otro más, pero con un micrófono para sus clases, se erigieron como el ombligo de la movilización. Aprovecharon el ofrecimiento del Estado y la presión mediática para formar un partido político nuevo que representase a todo ese descontento.


Utilizaron las consignas que dieron la victoria a un recién presidente de los EEUU, Barack Obama, con su “yes, we can”, junto con el inestimable puño en alto para que la izquierda se viese representada en ese cambio hacia un nuevo modelo de estado igualitario.


Pronto se vería con el tiempo que sólo toleraban las diferentes ideas de unos y otros, pero las que importaban eran las suyas propias. Aprovechándose del resto de pensamientos que se creían parte para hacer uso de su movilización.


Una vez fueron entrando en el poder legislativo, fueron mostrándose afines a las ideas primigenias, como reducirse el sueldo o donar parte del mismo, para evitar convertirse en casta. Como aquél comercial que se reduce su comisión para conseguir cerrar una venta.


Su entrada en las instituciones supuso el cierre de la movilización en las calles. La clase política del régimen del 78 había ganado lo que se propuso: llevarse al oponente a su terreno, donde podría combatirle y mostrarle lo “atado y bien atado” que estaba todo frente a sus consignas inútiles.

De manera que poco a poco fueron aglutinando cada vez más formaciones para restar diversidad y autonomía para tomar decisiones de cara a que todo se centralice en un mismo mando. Un mando único y mediático que podría ser impune ante sus acólitos, ya que llevaba a cabo juicios asamblearios totalmente tendenciosos debido a una mayoría fanática.


Si los críticos eran depurados y echados del partido; obviamente, los restantes iban a firmar cualquier cheque en blanco, las llamadas bases del partido a las que se consultaba. Finalmente, sacaron de las calles las protestas. Ahora están dentro del parlamento, ese gran plató de ficción política. Sin duda han traído grandes avances en materia de derechos sociales y laborales. Los que otros nunca debieron tocar ni restar.


El problema es precisamente atribuirles tales cambios, ya que, si politizamos los derechos de las personas, al final los volverán a cambiar y restar. Todas las medidas que parecen nuestra panacea, no son más que pan para hoy y hambre para mañana. Ya que, en el siguiente movimiento de este ajedrez parlamentario, todo lo podrán revertir de nuevo.


Ese es el juego en el que nos han metido. El juego de ir dándonos treguas constantemente. Ahora nos dan lo que necesitamos, luego nos lo quitan. Ahora se cuelgan la medalla por lo que nos dan, luego echan la culpa al otro cuando nos lo quitan. Forman parte del régimen del 78, el juego consiste en no cambiar nada estructural. Sólo las pequeñeces que nos hagan respirar un poco más. Ningún partido que esté dentro del Régimen del 78 puede traer algo que no esté dentro del propio régimen.


Nos prometen el cielo para cuando consigan la mayoría que necesitan y echan la culpa al que no les vota de su constante caída. Esa persecución de la mayoría para calentarnos la gorra, no es sino la zanahoria que se le pone al burro. Nos han enseñado cuál es el camino que no hay que volver a coger.


Diez años después del 15M,sólo me aprietan menos los zapatos. Pero seguimos todos en el mismo camino de pleitesía y vasallaje. Cuando no estén en el gobierno, me volverán a apretar los zapatos. Su estrategia de paliar los efectos del problema sólo alargan la agonía.


Que no nos vuelvan a instrumentalizar para sus objetivos. El problema sólo se puede atajar de raíz. Todo lo demás es perder diez años de oportunidades de un necesario cambio estructural del estado.

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