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La República que queremos.

Carta abierta de Alternativa Republicana a los republicanos y republicanas de izquierda en España.



Ramiro Gil Morel.

Secretario de Organización de ALTER.

Coordinador General del Partit Republicà d'Esquerra.






Es evidente que la fuga de Juan Carlos de Borbón ha abierto un debate que permanecía sepultado sobre el modelo de estado en España. El momento es de extrema debilidad para la monarquía, las encuestas dan porcentajes muy altos de partidarios de la República y, sin embargo, no parece que vaya a abrirse paso una República, al menos una República con contenido, en un futuro próximo. Los que la desearíamos vemos cómo no existe una alternativa política republicana articulada y organizada a nivel estatal. Mientras, estamos viviendo con hartazgo, indignados y desesperados con las informaciones que aparecen a diario confirmando como campa impunemente la corrupción y la podredumbre en nuestro sistema político, representado en su cúspide por la monarquía borbónica. La misma que, bajo la bota de la dictadura y los militares más reaccionarios, se nos impuso al pueblo español hace ya más de 40 años, durante un régimen franquista sobre el que no se ha hecho justicia ni condenado oficialmente. ¿Cómo es posible que no haya alternativa a esto? Recurrir a la historia y a la hemeroteca se hace imprescindible para comprender desde una perspectiva crítica, el momento actual, así como las posiciones de los distintos actores sobre el tablero político.





Más allá de explicaciones y posicionamientos, no se trata en esta carta de repetir los múltiples y variados motivos que nos reafirman en nuestros principios republicanos, de sobra conocidos por quien se considere un verdadero republicano. Se trata de reflexionar sobre la naturaleza del Régimen del 78, sobre cuál ha sido el papel de la izquierda en el momento político actual, y fundamentalmente sobre nuestra responsabilidad como ciudadanía en crear las herramientas necesarias para hacer que la República que anhelamos sea una realidad.

El origen de la monarquía actual, no debemos olvidarlo en todo este debate, fue la ley de sucesión aprobada con el referéndum franquista de 1947, y la posterior elección de Juan Carlos I directamente por el dictador como su sucesor. Su inclusión dentro del proyecto de constitución de 1978 sin que hubiera siquiera derecho a discutir la forma del Estado (no se permitió votar monarquía o república, sino que la constitución vino ya elaborada) fue un elemento más del plan diseñado por los dirigentes de la transición para coartar que los españoles pudieran decidir realmente su futuro político. La votación constitucional fue un puro trámite con el que se tragó con la esperanza de salir de una vez de los tiempos oscuros de la dictadura.

La monarquía, lejos de ser un factor de estabilidad institucional, tal y como presumen algunos, ha abierto hoy una crisis política de enorme calado en nuestro país, tras descubrirse que Juan Carlos de Borbón no ha resultado ser el rey ejemplar que nos ha contado la propaganda, sino que ha estado usando su cargo para beneficiarse personalmente durante años como un corrupto más de los que han operado bajo su reinado. Era algo durante largo tiempo sospechado, aunque todavía no probado. Este escándalo se está tratando de tapar lavando la imagen de la monarquía, con constantes especiales, apariciones y panegíricos en los medios, pero se agrava aún más por la responsabilidad del gobierno en pleno en la planificación de la huida del rey (emérito, que sigue conservando el título), ante las posibles consecuencias judiciales que puedan tener las investigaciones que penden en el extranjero sobre él, ya que se barajan países de destino que no tienen tratado de extradición con Suiza, único país cuya justicia está investigando con seriedad al ex-rey.

El visto bueno del gobierno a esta operación es un hecho muy grave que muy pocos se atreven a señalar, y que, de ser cierto que una parte del gobierno no sabía nada, cabría esperar una ruptura inminente de dicho gobierno por parte de uno de sus socios. El papel de UP en todo esto se ha limitado a unas tímidas declaraciones, pidiendo que se nos abra la posibilidad de elegir al jefe del Estado, mediante referéndum y posterior reforma constitucional, lo cual abriría paso a una República “Bicolor” en la que no cambiaría ni la bandera (Pablo Iglesias ya se ha manifestado contrario a la bandera tricolor), ni la estructura legal del régimen, ni su legitimidad posfranquista.

Este hecho nos alarma muchísimo a los que jamás hemos reconocido la legitimidad de este régimen, la posibilidad de una república heredera del Régimen del 78 es nefasta y no es la República en manos de la ciudadanía a la que aspiramos. Porque no se trata tan sólo de cambiar un rey por un presidente electo. Eso sería un recurso lampedusiano con las reformas justas para que en el fondo nada importante cambiase en España. En ALTER hemos defendido siempre que la República debe venir de la mano de una ruptura, y no de una continuidad con el régimen. De la misma manera que hemos defendido y defendemos la tricolor como única bandera nacional republicana, que representa las aspiraciones del pueblo a su emancipación, y que por herencia histórica y por coherencia ideológica, es irrenunciable. Los símbolos son muy relevantes, y usar la misma bandera que enarbola la extrema derecha y la monarquía sería un fracaso y una claudicación del republicanismo.

Para entender y comprender mejor que los republicanos no nos conformamos con simples cambios cosméticos, se hace necesario aclarar por qué es necesaria la ruptura con el régimen actual, el sistema político que podríamos denominar como Régimen del 78, al que consideramos como la continuidad de los valores fundamentales del Régimen del 39 bajo formas aparentemente democráticas. El régimen que bajo la impunidad, la corrupción judicial y la connivencia de los medios de comunicación, ha permitido que determinadas élites políticas y económicas esquilmen el país y sus arcas a placer, que un sistema judicial clientelar con doble vara de medir actúa más como represor al disidente que como verdadera justicia independiente y equilibradora del poder; o que se nos obligue a tragar con el cuento de que este es un país con una democracia ejemplar, gracias a la inestimable labor de los periodistas y tertulianos a sueldo de los medios de comunicación del régimen.

Los republicanos tenemos claro que el régimen, como heredero de los vicios del anterior, es el causante de los principales problemas que vive hoy España: la corrupción institucional endémica, la perpetuación de un sistema económico dependiente del turismo y la construcción, beneficioso sólo para unos pocos, con un mercado laboral precario y un problema de paro estructural, la falta de un modelo territorial coherente con la realidad diversa en naciones y sensibilidades de España pero que a la vez pueda ser un elemento cohesionador y de fraternidad, lejos de centralismos y nacionalismos excluyentes. La raíz del problema es que durante la transición no se produjo una verdadera ruptura y permanecieron elementos de las viejas élites que impedían que se estableciese una democracia limpia y plena: Permisividad con la corrupción, clientelismo, impunidad de la monarquía, ley electoral conservadora, sistema judicial controlado por el poder, ejército corrupto y fascistizado... etc. A esto es a lo que se refería Franco cuando afirmó que estaba todo “atado y bien atado”. Es, en esencia, un régimen al servicio de los poderosos de este país: “la casta” como alguien dijo una vez acertadamente y luego olvidó.

En medio de todo este panorama, hemos constatado que, desde la izquierda, no se ha aprovechado en 40 años para construir una alternativa opositora al régimen de ámbito estatal, con un proyecto colectivo para España, que conteste este discurso oficial del pensamiento único. Muchos vivimos con una sensación de desesperación y orfandad que no haya partidos en el parlamento, salvo la izquierda vasca o los independentistas catalanes, aunque sea por otros motivos, que cuestionen la naturaleza del régimen.

Algo ocurre con una izquierda española acomplejada y servil que, desde que Carrillo aceptó la monarquía y la bandera a cambio de ser legalizado, ha claudicado totalmente con la cuestión republicana, que no ha ido mas allá de la petición ocasional de la celebración de un referéndum. Los representantes políticos de la izquierda en los que alguna vez hemos confiado, han traicionado nuestras esperanzas una y otra vez y se nos revelan como simples oportunistas en busca de nuevos sillones, que modulan su lenguaje, que rebajan y venden sus ideales y su programa, una vez alcanzan nuestros votos y ciertas cotas de poder. Es cierto que existen honrosas excepciones, pero a nivel general ha sido así, para desgracia de sus votantes.

Pero la pregunta central permanece: ¿Cómo es posible que no exista un partido republicano de oposición en España? ¿Quién es, quién representa hoy en España la voz de los republicanos de izquierdas? ¿Dónde están?

Dejemos a un lado del debate a la derecha española, que por mucho que haya corrupción, se identifica con la monarquía no por convicción legitimista mayoritariamente, sino porque ésta representa la permanencia de los valores franquistas e intereses tradicionales de las clases dominantes patrias. Es eso lo que está en juego, por ello no conceden importancia a las corruptelas borbónicas y dan su apoyo sin fisuras al rey.

Es tradicionalmente en la izquierda donde ha residido la fuerza principal del republicanismo en España. Entre las fuerzas en teoría de izquierdas de nuestro país, vemos día tras día a un PSOE que cierra filas con la monarquía y ejerce de pilar básico del sistema bipartidista del régimen, que impide que se investigue la corrupción en la Familia Real, y permitiendo su impunidad sin sonrojarse. Los socialistas son, en teoría, un partido republicano según sus estatutos, y muchos de ellos se declaran republicanos pero monárquicos a la vez, lo que se vino a denominar durante un tiempo juancarlismo y que hoy ya es pura tomadura de pelo en una pirueta terminológica indefendible ya ante un público informado. El oxímoron se repite, sin embargo, cuando vemos los constantes panegíricos a la monarquía en todos los medios de comunicación y el blindaje que se le ha otorgado a la monarquía, con la clara colaboración socialista. Es evidente que el PSOE, salvo quizá tímidamente sus bases juveniles o algunas personalidades que guardan silencio, no puede considerarse un partido republicano. De hecho, muchos pensamos que en la práctica, ha sido el principal partido monárquico del país.

Por otro lado, la izquierda institucional representada primero por el PCE, luego IU y posteriormente Podemos y Unidos Podemos, jamás se han declarado como opositores al Régimen del 78. Lejos de ello, sus representantes se han reunido sin trabas con el rey, en ocasiones le han aplaudido y han jurado ser leales al mismo; han defendido las bondades de la constitución y la bandera monárquica; y, si bien han tenido un programa más o menos de izquierdas, siempre han apostado por una política posibilista y reformista, creyendo ingenuamente que la reforma es posible sin tocar la estructura dentro del marco constitucional vigente, dándole de esta forma validez y legitimidad; manteniendo mientras el discurso de que la República “no toca” en estos momentos (nunca toca), utilizando el elemento republicano como “atrezzo”, como elemento folclórico o decorativo en manifestaciones o como simplemente un elemento de la memoria histórica republicana, pero nunca han planteado una estrategia real y abierta para derribar el Régimen del 78 en el presente y el futuro inmediato, junto a la necesidad de la República como una ruptura.

Fundamentalmente, esta actitud de las cúpulas de los partidos de la izquierda mayoritaria es lo que ha supuesto un freno al surgimiento de un partido de izquierdas opositor al régimen. Esto no es un ataque gratuito a estas formaciones, es una crítica que pretende ser constructiva, y existen argumentos sobrados para demostrar esta tesis. Los muchos que aun creen que esto no es cierto, sólo tienen que abrir la hemeroteca y consultar el desprecio constante a los símbolos como la tricolor, al referente histórico de la II República, o las loas a tal o cual discurso del rey o a su personalidad, por parte de algunos líderes recientes de estos partidos. Entender esto es fundamental para comprender que no vamos a tener una República de la mano de esta izquierda acomplejada, que sólo aspira a ser una muleta del PSOE dentro de la monarquía. Ellos son una fuerza del sistema y del Régimen del 78 y no una fuerza opositora al mismo. Defienden un supuesto cambio pero en la realidad suponen un freno al mismo, aunque muchos de sus miembros y votantes estén repletos de buenas intenciones.

Como no parece que la actitud de la izquierda existente en el parlamento vaya a cambiar, ni que esperar sentados y de brazos cruzados a que, escándalo tras escándalo, la monarquía se derrumbe, sirva para algo positivo ¿Dónde queda entonces el espacio para un republicanismo español de oposición al régimen monárquico? Desde el inicio de la construcción del régimen, los partidos republicanos, que no aceptaron ni la monarquía ni sus símbolos (sobre todo la bandera) fueron prohibidos y no pudieron participar en las primeras elecciones “democráticas” de 1977, y desde entonces, por la inercia de un sistema electoral que favorece a los que ya están dentro, han sido condenados al ostracismo extraparlamentario, siendo privados también del acceso a los medios de comunicación. Hablamos de partidos como ARDE, Izquierda Republicana, el PCE (m-l), o más recientemente, Alternativa Republicana, entre otros.

Este republicanismo ignorado y menospreciado, sistemáticamente tachado de nostálgico, apartado de la opinión pública, tiene hoy elementos para aportar a nuestra vida política como alternativa al régimen. No se trata de vender humo ni prometer nuevas o viejas políticas, ni de alejarse de los conceptos de izquierda o derecha, o de diluirse en la posmodernidad líquida. En estos tiempos de zozobra, es necesario que se construya desde la ciudadanía activa, un referente político coherente, con un impulso y posicionamiento claro y con un proyecto político colectivo para todos: La III República, que debe surgir como una ruptura democrática y pacífica con el actual régimen y que debe dar mucha más voz a la ciudadanía para defender los intereses colectivos, que por fuerza son los de las clases subalternas. Defender la República es defender que la ciudadanía vuelva a ser dueña de sus destinos.

Esa es la tarea que los republicanos y republicanas que formamos ALTER hemos intentado llevar a cabo desde la fundación del partido. No somos famosos ni tenemos líderes mediáticos ni mesiánicos, no tenemos suficientes medios económicos para lanzar grandes campañas, ni nuestro discurso es fácil de aceptar por las personas bienpensantes que han creído a ciegas las mentiras y mitos que el régimen ha repetido hasta la saciedad durante más de 40 años. Pero ello no nos ha apartado ni por un momento del proyecto que hoy toca más que nunca y sigue siendo imprescindible. Somos un puñado de mujeres y hombres que mantenemos vivos los ideales republicanos, el legado de Manuel Azaña, de Marcelino Domingo, de los que no se rindieron ni en la guerra ni en el exilio, de los que nunca claudicaron con la monarquía; con la esperanza de recuperar algún día la dignidad democrática que nuestro país merece. Y eso nos convierte en un partido que es oposición al régimen, que pretende derrocarlo pacíficamente y mediante la fuerza de los votos.

La República que queremos no va a llegar sola, mientras esperamos cruzados de brazos. Tampoco vendrá de la mano de un referéndum o de una reforma de la constitución actual para que todo siga igual. Vendrá de la mano de aquellos partidos que sean valientes y no colaboren con el régimen y que defiendan abiertamente y sin fisuras la República. Será una victoria electoral de los republicanos, igual que un 14 de abril de 1931, la que puede traernos la República y abrir el proceso democrático de elaboración de una nueva Constitución. Aunque esto parezca lejano y aunque sean malos tiempos para la militancia, ese día puede estar más cerca de lo que imaginamos si sabemos trabajar activamente para ello, generosamente, con compromiso y disciplina. No se trata sólo de manifestaciones o caceroladas, hay que implicarse y organizarse políticamente.

Es por ello, que tras la crisis política abierta, con la perspectiva de otra crisis económica gravísima e inminente a la vuelta de la esquina, ALTER lanza un llamamiento a la unidad y a la organización de todos aquellos que se consideren republicanos y de izquierdas. Si no queremos ser una vez más simples espectadores ante las decisiones que se acaban tomando en los despachos de los poderosos, es el momento de dar el paso y fortalecernos para construir la República que queremos.

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