LA QUINTA COLUMNA

Actualizado: 13 ene



LA QUINTA COLUMNA


En el contexto de los trabajos que el Grupo de Memoria Histórica de ALTER está realizando, confeccionando fichas identificativas de los generales golpistas y asesinos que protagonizaron la traición al Pueblo en forma de golpe de Estado, dedicamos un capítulo aparte a la QUINTA COLUMNA. Como veremos a continuación, esta organización, de marcado origen falangista, también tuvo la responsabilidad de cientos de fusilamientos, torturas y años de prisión para defensores de la República.


El nombre de Quinta Columna.


Al parecer, el general golpista, Mola, apodado “el Director”, cuando un grupo de periodistas extranjeros le preguntaron cuál de sus cuatro columnas conquistaría Madrid (una venía por el suroeste, otras dos desde Galicia y Castilla La Vieja y una cuarta desde Navarra y Aragón), él contestó que sería la “Quinta Columna”, la de los patriotas que, de forma clandestina, operaban dentro de la ciudad.


Los quintacolumnistas se podían encontrar en todos los pueblos y ciudades de España y, en todos ellos, los fieles a la República, sufrieron las consecuencias de sus señalamientos y delaciones a los golpistas, robo de propiedades, palizas, torturas, violaciones y asesinatos.

Madrid, por su dimensión y características como primer objetivo militar de los fascistas, fue la ciudad donde la Quinta Columna tuvo mayor actividad y una organización más estructurada.


Sus actividades, las más importantes, consistían en sabotajes de todo tipo, tanto sobre objetivos militares como civiles, fomento de la desobediencia civil, alteraciones del orden público y difusión de noticias falsas que pudieran suponer descrédito para la República. Realizaban, también, todo tipo de acciones de espionaje que la posición estratégica de los distintos grupos permitiera y protegían a los activistas enemigos de la República, facilitándoles el paso, desde Madrid, a otras ciudades en poder de los facciosos, extendiéndoles documentación falsa y ocultándoles en pisos francos.


La seguridad y el secretismo de sus actividades eran su gran prioridad. Los servicios de información del gobierno conocían de su existencia y los castigos, aunque dependían de la gravedad de sus actos, siempre eran importantes.


La organización en Madrid tenía dos grupos de acción paralela. Uno, estaba formado por comandos autónomos, sin una estructura superior. El otro, estaba formado, y era dependiente, de Falange Española y al que denominaban “Falange Clandestina”. Eran pequeñas organizaciones falangistas lideradas y coordinadas por Manuel Valdés Larrañaga. Estas banderas estaban formadas por antiguos afiliados y simpatizantes.


En el funcionamiento de estas células se seguía un procedimiento parecido al de una correa de trasmisión, donde cada miembro actuaba como un eje, con una función específica y concreta; su función se limitaba a servir de enlace entre su superior, que le daba las órdenes, y su subordinado, que las recibe, no conociendo al resto de integrantes. Esta organización celular es muy común es todas las organizaciones clandestinas e impide la desarticulación de todo el grupo en caso de ser descubiertos. La incorporación de nuevos miembros se produce siempre a propuesta de alguno de los que ya están dentro. El único requisito ineludible, para entrar, era rechazar a la República.


Respecto a los grupos autónomos estaban formados por doce o quince personas que compartían amistad, ideología y, a veces, trabajo. En estos grupos se hacía más necesario el silencio y secretismo por cuanto de cada uno de ellos dependía la seguridad o la caída del resto.


Cuando se produce la caída de Madrid, todas las organizaciones que formaban la “Quinta Columna” salen a la luz para reivindicar, con orgullo, sus servicios prestados al ejército sublevado. Tanto los grupos autónomos como los dependientes de Falange Española, incluyendo la Sección Femenina, ponen en manos de las autoridades fascistas todas las listas que estuvieron confeccionando durante el periodo de sitio a la ciudad. Sindicalistas, líderes obreros, afiliados a partidos de izquierda o simplemente simpatizantes, colaboradores o leales a la República, son detenidos, torturados y encarcelados. El nombrado gobernador de Madrid, General Espinosa de Los Monteros, tramitó los miles de expedientes. A veces, sin juicio alguno, y otros con simulacros o parodias, los acusados eran condenados a muerte y fusilados en las tapias del cementerio o en cualquier otro lugar. Los más afortunados eran condenados a muchos años de prisión y sometidos a todo tipo de vejaciones y torturas.


Para los que hoy en día tratan de poner al mismo nivel a las víctimas y a los verdugos, para quienes, manejando argumentos falsos y muy dolorosos para las familias de las víctimas, del estilo de los que siguen: “En los dos bandos se cometieron atrocidades”, “En la guerra civil española no hubo buenos ni malos” o “Fue una guerra entre hermanos”, a estos, y a quienes dan crédito a sus falacias, hay que decirles alto y muy claro:


En España hubo una guerra, consecuencia de un Golpe al Estado republicano legítimo protagonizado por un puñado de militares traidores y fascistas financiados por capitalistas y terratenientes y apoyados militarmente por la Italia fascista y la Alemania nazi.

Los sublevados fueron los protagonistas malos. Ellos provocaron la masacre con su traición. Los buenos fueron los soldados que permanecieron fieles a la República, defendiendo su legalidad y los milicianos y milicianas que lucharon y murieron por ella.

Las mayores atrocidades las cometió el bando vencedor en un supuesto tiempo de paz. Desde 1939 hasta 1946 fueron más de cincuenta mil los españoles asesinados por el franquismo.


Honor, gloria y mucho agradecimiento para ellos y sus familias.

Salud y República Federal.

Juan Carlos Andreu.

Madrid, enero de 2022

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