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El político de Schrödinger


Francisco J. Gordo.

Alternativa Republicana.

Publicado originalmente en Águilas Noticias.



La política ha cambiado. De hecho, la política está caducando en España. La transición como tal no nos lleva sino a otro estadio de nuestra historia. No tendría sentido acomodarse en una transición que esté siempre en constante tránsito hacia la nada. La sucesión de partidos en el gobierno, ha generado la cortina de humo perfecta durante estos años para las fechorías reales, como en tiempos de...de todos ellos.


Como dijo el ministro de asuntos exteriores francés, Charles M. Tayllerand:“Es costumbre real el robar, pero los borbones exageran.”


El bipartidismo del régimen del 78 dio alas a una vuelta al caciquismo canovista en el que siempre había uno que ostentaba el poder absoluto y el otro que, a base de quejarse de lo hecho por aquél, conseguiría ese mismo poder para hacer más de lo mismo.


Me estaría autocitando si dijese de nuevo:“El cacique no es el que come a costa de los demás, sino el que hace creer a los demás que comen gracias a él”.


Los que acusaban a la II República de inestable por la falta de consenso y ponían en valor este estado monárquico por la estabilidad de los gobiernos, desde que ahora hay más opciones a las que votar y requieren de pactos, ya se les acabó la excusa. Culpar a la forma de estado por lo que hace o no el gobierno, es absurdo. Al igual que la inviolabilidad de la corona haga recaer en el gobierno la responsabilidad jurídica de ésta.


Mezclar las responsabilidades sólo supone dar vueltas a los vasos boca abajo mientras buscamos la bolita que gira.


Durante los inicios del régimen monárquico del 78, vimos la vuelta de partidos que se presuponían afines a la clase obrera, a los principios republicanos y a la igualdad entre personas. Vimos cómo exaltaban en las calles sus ideas a gritos, enarbolando banderas y utilizando un mensaje lleno de sentimiento, aunque en el contenido no hubiese nada. Vimos partidos que tenían las mismas ideas que el día anterior a la muerte del dictador, pero cambiaron la sede para pasar desapercibidos, y pasaron.


Es así como empezaron a repartirse el pastel, uno hace a su antojo tirando de frases míticas que nos emocionan a todos, y el siguiente deshace a su antojo gracias a la campaña que lleva haciendo años en la oposición. Y así hasta el 2014.





Antes de esa fecha, podrían engañarnos como a becerros. Podían prometernos la luna, que si llegaban al gobierno, tenían que dárnosla (ya que tendrían los medios). Todo lo no cumplido, formaba parte de las mentiras electorales, a las cuales, la sociedad empezó a acostumbrarse (o venía acostumbrada de antes).


Es ahora cuando todo esto ha cambiado, ya no se puede mentir en política. No se puede mentir, porque la gente abiertamente debería ser consciente de que nunca tendrán la mayoría necesaria para cumplir nada, salvo el mínimo común múltiplo entre diferentes partidos que formen gobiernos de coalición. Es por ello, que la mentira está inutilizada de facto, y al mismo tiempo, todo lo contrario: es todo falso (y ellos lo saben).


Cualquier necesidad o medida ofrecida, es completamente una intención. Nunca es una medida que ellos puedan llevar a cabo. Saben perfectamente que necesitarían una mayoría plenaria que no tiene ninguno. Es por ello que tienen un cheque en blanco para contarnos la milonga que más les interese (normalmente será lo que más nos interese a nosotros). Siempre encontraremos el partido que más se ajuste a lo que pensamos, tenemos partidos a la carta hoy en día. Y la clave de ello es que ninguno podría darnos nada de lo que nos prometen. Sólo encuentran el hueco y lo cubren con una opinión distinta al resto. Así se dividen el espectro político. Como la típica “calle de los bares” en la que se juntan todos los del gremio para repartirse los clientes cuando alternan. También para repartirse mejor las migajas ajenas.


Hoy en día, siguen viviendo de la ideología descafeinada y de pervertir las calles con mensajes que ya no les corresponden. Les sirven para hablar de símbolos que nos emocionen, enarbolando banderas sólo en los mítines, levantando puños o manos pidiendo taxis (nazis), con argumentos tendenciosos que creen polémica para generar ruido en la sociedad. Una sociedad que no tiene para comer y tiene que aguantar este bochornoso plato de mal gusto.


Hoy en día, siguen viviendo de la ideología descafeinada y de pervertir las calles con mensajes que ya no les corresponden.

Como dice una canción de Marea: “Qué saben las tripas, de puños cerrados.”


La cólera vende votos, enciende al ciudadano con su pasado más cercano y le exalta para salir a votar por los intereses de unos pocos. ¿Me refiero a los pocos que manejan el dinero? No, me refiero a la clase política. Ya que ni si quiera podrán los políticos dar a los ricos lo que les prometen si tampoco tienen mayoría absoluta.


El que tiene dinero siempre podrá encontrar la fórmula para que el pobre pague sus pérdidas.


Escapemos de la demagogia del que quiere sentarse en el sillón, y vayamos al que nos cuenta las cosas claras. Con capacidad docente como para que todos lo entiendan. Sin frases que intenten gustar a todos. Nada de asegurar de manera rotunda, ya que nos estarían tomando el pelo.


La ciudadanía está agotada de esta entrada obligada para el circo diario. Volveremos a pagar los platos rotos de sus insensateces. Cuando les demos los votos, argumentarán que necesitan más aún para poder cumplir su programa. Un programa simbólico. Un político que dice la verdad en intenciones, pero sabe que mentirá en acciones. Por lo que es mentira y es verdad al mismo tiempo.


El que clama las calles y calla en el parlamento, sólo es un calientavotos.


¿Cuántas generaciones están ya endeudadas por los desfalcos de los gobernantes y los monarcas?


Necesitamos una alternativa a todo esto, una alternativa que rompa el tablero.

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