EL BOMBARDEO DE COTORRUELO


Artículo de nuestro compañero de Alternativa Republicana Madrid Juan Carlos Andreu Pedrejón, sobre el bombardeo de Cotorruelo en Bilbao en el que cuenta una experiencia familiar. Espléndida exposición de una vivencia real. Léelo te emocionará.


EL BOMBARDEO DE COTORRUELO

El 18 de Abril de 1937 amanecía en un Bilbao mucho más gris de lo habitual. En la ciudad se respiraba la tensión ciudadana provocada por el miedo, la escasez y la incertidumbre.

Desde el primer bombardeo en la Villa el 25 de Septiembre de 1936. Se sucedieron los ataques tanto a Bilbao como a otras poblaciones de Bizkaia. El producido el 4 de Enero de 1937 fue especialmente cruento y propició una reacción del pueblo que asaltó la cárcel de Larrinaga y un barco prisión fondeado en la ría donde se produjo una carnicería.

El General Mola tenía órdenes de acelerar la caída del frente norte. La intensidad y frecuencia de los bombardeos formaban parte de una doble estrategia de destrucción. La de la Industria vasca, y la más importante la de la moral de sus defensores. Lo que facilitaría la toma del territorio.

Aquel domingo, Eleni se levanto más temprano de lo habitual en un día de fiesta. Todavía no había cumplido los dieciocho años, y una sempiterna sonrisa resplandecía en su cara. Su madre le había encargado ponerse en una de las interminables colas que había que hacer para conseguir algún alimento. Salió de su casa y bajando la calle iturribide se adentro en el casco viejo. Las horas de espera en los puntos de distribución de alimentos se pasaban comentando las últimas noticias de la guerra, y el paradero de los familiares que estaban en el frente.

Al mismo tiempo que a Eleni le llegaba su turno y recogía unos pocos víveres, seis aviones de la legión Cóndor alemana se dirigían a Bilbao con sus bodegas repletas de muerte y destrucción.

Eran tres Heinkel He 111 y tres Dernier DO 17 y tenían planeado un ataque selectivo a la clase obrera bilbaína que habitaba el casco viejo de la ciudad.

Cuando Eleni iniciaba la subida por la calle iturribide, sonaron las sirenas que anunciaban un inminente bombardeo. En ese momento se producían carreras hacia los refugios clasificados como seguros por parte de la Junta de Defensa. La gente sabía que desde el sonido de las sirenas hasta la caída de las bombas no transcurría mucho tiempo.

Eleni apretó el paso y se dirigió a la fábrica de Cotorruelo situada en la calle Prim. Se trataba de una fábrica de goma y calzado. El local tenía una planta donde se desarrollaba la actividad industrial y un sótano que servía de almacén. Y en aquellas circunstancias, de refugio clasificado como seguro.

En pocos minutos el sótano se llenó de refugiados. Predominaban las mujeres, los niños y hombres de avanzada edad.

Casi al mismo tiempo se pudieron oír los motores de los aviones, y las primeras explosiones.

En el refugio las madres aterrorizadas abrazaban a sus hijos, y todos trataban de ubicarse en los lugares que les parecían más seguros.

Los pilotos alemanes dispuestos a matar al mayor número de ciudadanos posible, iniciaron la mortífera descarga junto a la ría. Luego trazaron una brecha de destrucción y muerte por las calles San francisco, Las Cortes, La Ronda. Hasta Begoña. A su paso dejaban coches y tranvías incendiados y casas destruidas. Algunas fachadas se desplomaban dejando el descubierto la humilde intimidad de sus habitantes.

Cuando pasaron por encima de Cotorruelo una de las bombas impacto de lleno en la fábrica.

Los refugiados en aquel sótano sintieron que era el fin del mundo. De hecho para muchos de ellos lo fue.

El obús reventó dentro de la primera planta provocando un incendio y el desplome del suelo con toda la maquinaria sobre hombres mujeres y niños totalmente presos del pánico.

Muchos murieron en el acto aplastados por las maquinas y el escombro. El humo y el polvo hacían el ambiente irrespirable. Los gritos de horror se mezclaban con invocaciones a la virgen de Begoña, Blasfemias, e imprecaciones contra los autores de la masacre.

Eleni había sentido como parte del techo se le venía encima y un fuerte dolor en la pierna. Se encontraba semienterrada por los cascotes. Con dificultad para respirar, y cubierta de un liquido de color negro, se trataba del tinte utilizado en la fabricación de zapatos. El olor de los distintos productos químicos se mezclaba con el de goma quemada. Este y otro productos inflamables habían provocado el incendio que consumía los restos de la planta superior.

No tardaron mucho en llegar los servicios de emergencia. Bomberos, policía motorizada vasca, y sanitarios. Lo primero era sofocar el incendio para poder acceder al sótano y evacuar a los heridos.

En torno a las cuatro de la tarde pudieron comenzar la evacuación. La situación era insostenible el número de fallecidos había aumentado víctimas de la asfixia por humo.

Otros murieron desangrados. Una madre abrazaba el cadáver de su hijo con la mirada perdida. Mientras tanto los menos afectados procuraban ayudar a los heridos más graves.

Eleni tenía mucho dolor en la pierna y se sentía muy magullada. Cuando entraron las asistencias en el sótano levantaba la mano para que le sacaran de allí. Cuando estaba a punto de desfallecer sus ojos cobraron vida al ver un rostro amigo. Se trataba de un vecino llamado Ramón Arrue. Y era panadero. “Ramontxu, Ramontxu, soy Eleni por favor sácame de aquí.”

En unos instantes se sintió levantada por los fuertes brazos de Ramontxu. Y cuando abrió los ojos estaba en una cama del hospital de Basurto.

Este salvaje ataque a la población civil bilbaína duro tres largos minutos, y causó sesenta y siete muertos y más de cien heridos.

En este bombardeo hubo un suceso que dio mucho que hablar en la villa. Uno de los cazas republicanos que había despegado de Lamiako para defender la ciudad, derribó un avión alemán.

El piloto, de veintisiete años, Hans Sobotka, estaba muerto y Los otros dos alemanes habían saltado del Dornier, pero no les dio tiempo a abrir el paracaídas y murieron en la caída.

La sorpresa fue el aspecto de uno de los cadáveres. Sus labios estaban pintados, y tenía manos blancas y finas… En principio parecía que se trataba de una mujer. Pero al proceder a su examen médico, desvistieron el cuerpo y lo exploraron: axilas depiladas y ropa interior de seda rosa; pero, era el cadáver de un hombre.

La ropa interior estuvo expuesta en el Ministerio de Defensa vasco, y los médicos lo apuntaron en sus libros de casos como uno de los incidentes más chocantes de la guerra civil.

Eleni con su pierna fracturada y escayolada, se recuperaba de diversas magulladuras en el hospital. La experiencia había sido muy dura. Tanto que consiguió borrar su sonrisa durante bastantes horas. Solo la recuperó al día siguiente para ofrecérsela a una visita. Se trataba de un compañero de trabajo en el Palacio de Las Medias. Se llamaba Isidoro y era miliciano. Isidoro con diez y siete años había marchado voluntario al frente para defender la Republica en Euskadi en el batallón socialista Tomas Meabe. Con este miliciano Eleni compartiría sesenta y siete años de su vida.

Cuando han transcurrido ochenta y cuatro años los protagonistas de esta historia ya no están con nosotros.

Isidoro. Mi padre. El miliciano que me enseño a amar a la Republica falleció en 2009 junto a Eleni en su casa Bilbaína.

Eleni. Mi querida madre, vivió hasta los noventa y seis años con serena placidez sin perder la sonrisa. En su casa del Botxo.

Cotorruelo continuo durante muchos años fabricando las zapatillas más elegantes de Bilbao, o lo que es lo mismo las más elegantes del mundo.

Juan Carlos Andreu.

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