¡Arde barricada, arde!



¡Arde barricada, arde!

Así parece gritar la indignación que recorre España y que ve su antecedente en la huelga del metal de Cádiz, que a modo de punta de lanza amenaza con penetrar en las contradicciones de este sistema monárquico neoliberal.


Las primeras contradicciones parecen verse en el seno del Gobierno de la coalición, donde la formación que lideraba antaño Pablo Iglesias no deja a golpe de twitter escénico de mostrar su apoyo a los manifestantes. Mientras, las tanquetas enviadas por el propio gobierno del que forman parte recorren las Cádiz de la antigua Gadir. Unidas Podemos continúa con su doble discurso: el de gobierno cuando interesa apuntarse alguna leve alegría y el de oposición mediática y pactada en los temas más controvertidos. La realidad sigue marcando los hechos: los canarios pierden un diputado de la clase obrera, la reforma laboral no se deroga y la impunidad franquista sigue siendo injuzgable. En cuanto a las tanquetas, braman las redes que la culpa es de Marlaska y poco más puede hacer el socio de gobierno. Lo contrario de lo anterior sería tensar la cuerda y ya se sabe, que tensar supone el riesgo de romper.


Parece entonces que no hay realidades en la coalición pero si ilusiones. Yolanda Díaz conseguirá hacer en el futuro lo que ahora no se logra, así lo dicta su popularidad y por eso, izquierda obliga, hay que votar sin condición ese prometedor futuro, ese postureo de hoy que dice ser la realidad del mañana ¿Quién sabe? Junto a esto, los tweets y mensajes de gentes señaladas de las Unidas Podemos, como Santiago, Asens o Mayoral ejerciendo una especie de oposición “escrita” al gobierno son sonrojantes. Primero, por su desprecio a la inteligencia del lector o a su criterio y, segundo, porque esas llamadas al autoconsumo interno acaban consiguiendo todo lo contrario: airadas respuestas de los que les recuerdan su papel y responsabilidad en los hechos como gobierno.


Y mientras esto sucede los trabajadores del metal de Cádiz no parecen estar sólos. Partidos políticos alternativos, organizaciones sindicales, colectivos sociales y en definitiva gran parte de la opinión pública parece posicionarse del lado de la masa laboral que ve cómo su poder adquisitivo se ve una vez más amenazado. Esto último muy evidente si los medios dedicaran tanto esfuerzo a difundir cuáles son las quejas de los trabajadores y no a intentar criminalizar lo que es en sí misma una justa reivindicación.


Las crisis no salen gratis y si una cosa hemos aprendido del sistema neoliberal es que en su lógica interna es el trabajador el primer sacrificado y al que el todopoderoso capital intenta trasladar las primeras facturas. De hecho, un atento espectador podría recopilar la gran cantidad de manifestaciones y reclamaciones laborales que se están produciendo en España en los últimos meses y que, en gran medida, han sido silenciadas en los medios de comunicación.


Por ejemplo, la fusión de Unicaja y Liberbank que gozaba del beneplácito de este Gobierno pretende ahora dejar en la calle a 2700 trabajadores. Trabajadores que no son necesarios ya que, entre otras cosas, los bancos han logrado el acierto de poner horarios restringidos a sus clientes y acostumbrarlos a dirigirse a los cajeros antes que las ventanillas donde pueden recibir el trato humano que muchos de ellos y ellas necesitan.


En este maremágnum de tijeretazos, un empresario modelo del capital como Amancio Ortega aprieta las clavijas en Zaragoza a sus empleados quizás con la finalidad paulatina de poder pagar en territorio español los mismos sueldos e incluso establecer los mismos derechos (escasos) de los que gozan otros trabajadores de la empresa cuyo domicilio laboral se sitúa en países del llamado tercer mundo.


Y, ahora que el gas pimienta y las pelotas de goma ruedan frente a los colegios de Cádiz, tampoco resulta noticia extraña otros trabajadores, los de Pilkington, cuya factoría se ve amenazada por el cierre y condena al despido a más de 100 trabajadores.


Cierres por descentralización, costes mandan, o nuevas rebajas de derechos en convenios paupérrimos. En esto último de la escasa negociación colectiva, gran parte de la culpa es de la Reforma laboral ¿se acuerdan? Esa que no se deroga, sino que se va a “reformar” eufemismo que usa la izquierda para no dar a conocer que realmente no es influencer.


Pero ha estallado la pólvora. Las masas desfilan por las grandes alamedas de Allende, vociferantes puño en alto y la preocupación en las filas del capital se incrementa conforme lo hacen las filas mismas de la reivindicación. Nunca se puede prever dónde puede llegar esta ingente cadena de demandas si no son atajadas con contundencia. Interesa frenar a las movilizaciones cuanto antes recurriendo a tanquetas y antidisturbios- provocando un poco llegado el caso- para que se solivianten las masas y así tildar a los manifestantes de verdaderos delincuentes y de guerrilleros urbanos que, como norma general, impiden el paso a los enfermos y a los sanitarios a los hospitales. En definitiva, estos, los de Cádiz, herederos de Topete, hijos de Riego, son causantes de todos los desmanes que están rompiendo actualmente la convivencia en la tacita de plata.


Tienen razón en una cosa. Esta es una ocasión sin precedentes de unidad para la lucha obrera que puede interconectar todas las microluchas que están teniendo vigencia en una sola causa común: La de los currantes, la de los humildes, la de los proletarios, la de los explotados y explotadas, la de los y las que sufren trabajos basura y sueldos acordes, la de la juventud que mejor preparada que el monarca que les arenga en Navidad no encuentra futuro laboral. Y eso, esa llamada a la unidad es peligrosa pues podría arrojar luz sobre las conciencias y hacerles ver que la Unión obrera y la movilización es todavía un arma temible. Un arma peligrosa para los extorsionadores del Ibex 35 o para los que tienen las tijeras de los recortes pero también para aquellos gobiernos timoratos que juegan al palo y la zanahoria con el obrero a la vez que guiñan de reojo al capital.


Sorprende, de momento, la poca capacidad de los grandes sindicatos para aprovechar esta coyuntura en favor de los trabajadores y afiliados, para rentabilizar el espíritu de lucha colectiva que al menos esta semana se está vislumbrando. No sería así si no fuese porque en el fondo este no es un Gobierno de derechas, si lo fuera, un Gobierno que se niega a derogar la reforma laboral y que carga con tanquetas, pelotas de goma y gas pimienta contra los más humildes en el corazón de sus barrios, ante sus precarias viviendas y ante los ojos de los niños y niñas en los colegios públicos, se enfrentaría a una respuesta y repudio sin dimensión.


Por eso, somos nosotros, los que no tenemos ni rey ni amo los que debemos recoger el testigo de la unidad colectiva, unirnos ahora en una misma movilización y gritar con una misma voz ¡ Arde barricada, arde!


Fernando Fernández Rodríguez


https://www.tercerainformacion.es/opinion/25/11/2021/arde-barricada-arde/

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